San Óscar Romero aparece en esta foto de archivo sin fecha. Su fiesta se celebra el 24 de marzo. (Foto CNS/Octavio Durán)
San Óscar Romero aparece en esta foto de archivo sin fecha. Su fiesta se celebra el 24 de marzo. (Foto CNS/Octavio Durán)

Por Monseñor Oswaldo Escobar

CHALATENANGO, El Salvador (CNS) —Dentro de la Iglesia muchas veces vivimos con dramatismo algunos sucesos. Quisiéramos que el Espíritu Santo nos guiara de una manera lineal o en ascenso progresivo, a la vez quisiéramos un mundo sin complicaciones ni vericuetos.

Nos duelen tantos acontecimientos y llegamos a cuestionar muchas tomas de decisiones de jerarcas y algunos en el sinsabor llegan hasta la indignación. Pero el Señor es el Dios de la historia.

Nuestra realidad finita no alcanza a vislumbrar cómo Dios hará que prevalezca la verdad de los suyos. Pero en El Salvador, cuando celebramos la fiesta de nuestro primer santo el 24 de marzo, su camino hacia la santidad nos muestra que Dios no abandona.

Muchos de nuestros mártires han padecido la difamación. Y en no pocos casos han muerto igual que Jesús, como indeseables. Pero el Señor mismo desea dejar la historia ordenada y con el tiempo hace que aparezca la verdad para que podamos cantar al unísono con el salmista: "los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares."

Esta es la experiencia de San Óscar Romero.

La década de 1980 fue un tiempo de mucho sufrimiento eclesial. Los cambios del Concilio Vaticano II se concretizaban en nuestra América Latina, pero las confrontaciones, difamaciones y martirios se realizaron con frecuencia.

En la historia de nuestra Iglesia en El Salvador, un obispo argentino, Monseñor Antonio Quarracino, de Avellaneda, Argentina, sin pretenderlo, tuvo que incursionar en la historia de la Iglesia salvadoreña y más concretamente en la vida de nuestro santo quien era entonces arzobispo de San Salvador.

San Juan Pablo II, quien fue constantemente mal informado por otros de lo que sucedía en la Iglesia salvadoreña, en 1978 envió como Visitador Pontificio a Monseñor Quarracino. 

Su tarea será examinar la tarea pastoral del arzobispo Romero. Muchas acusaciones existían contra el hoy profeta, mártir y santo. Algunas habían llegado a las oficinas vaticanas por medio de autoridades gubernamentales y otras por sus hermanos obispos.

Quarracino estuvo una semana en El Salvador. El país para entonces era un hervidero de movimientos sociales que propugnaban un cambio en el sistema injusto. La propaganda oficial denominaba a todos estos grupos como "comunistas". Había, claro está, grupos vinculados a movimientos insurreccionistas que promulgaban la lucha armada, pero no todos.

Monseñor Quarracino, en mi humilde opinión, no logró comprender toda la problemática social del país. En su Argentina de nacimiento pasaban cosas similares, pero con raíces muy diversas.

Antes que concluyera la tarea del visitador, San Romero manifiesta en su diario bastante optimismo sobre la visita y escribió "que el resultado de la visita me parece, hasta ahora muy positivo".

En su diario, Romero narra la visita de Quarracino, que se llevó a cabo cuando las oposiciones a Romero se caldeaban por parte de sus hermanos en el episcopado salvadoreño, salvo Monseñor Arturo Rivera y Damas.

La mayor estaba en completo desacuerdo con las iniciativas pastorales romerianas, incluso pretendían sacar sus seminaristas del Seminario San José de la Montaña.

La visita pontificia no fue nada favorable para Romero.

A pesar de que muchos ofrecieron informes positivos sobre el arzobispo, la conclusión del obispo de Avellanada fue que Romero incitaba a la rebelión. Quarracino sugirió que en El Salvador debía nombrarse un administrador apostólico "Sede Plena". En otras palabras, el Vaticano debía intervenir directamente a la arquidiócesis.

Más de 10 años después, Quarracino es nombrado arzobispo en Buenos Aires en 1990 y conoce a un ex provincial jesuita, el padre Jorge Bergoglio.  

Quarracino quedó deslumbrado con la personalidad del padre Bergoglio, y fácilmente pensó en él como un futuro obispo. En varias ocasiones le propuso ante sus colegas de la Conferencia Episcopal de Argentina como candidato al episcopado, pero su propuesta fue bloqueada por distintas circunstancias. El arzobispo decidió ir personalmente donde Juan Pablo II, quien nombra al padre Bergoglio obispo auxiliar de Buenos Aires.

En uno de esos giros que solo lo divino puede orquestar, el obispo Quarracino, quien le dio al Vaticano una crítica negativa de Romero, desempeñó un papel en el camino que llevaría al padre Bergoglio a convertirse en obispo. Y ese obispo eventualmente lo conocemos como papa Francisco, el pontífice que canonizó a San Romero.

En muchas ocasiones nos encerramos en el momento crítico y no vemos horizonte alguno. Se nos olvida que el Espíritu de Dios siempre nos lleva a la verdad completa.

Recordé esto cuando participé en un grupo del episcopado centroamericano que se reunió con el papa Francisco en Panamá en 2019 para la Jornada Mundial de la Juventud.

El papa, con la sencillez y contundencia que le caracteriza, habló de cuando San Romero era una "mala palabra" y fue "sospechado, excomulgado en los cuchicheos privados de tantos obispos".  

En mi opinión, el Espíritu viene a resucitar con el tiempo tanto las mentiras como las verdades. Las primeras para ser reconocidas como tal junto a sus autores y las segundas para que iluminen honrosamente a quienes padecieron las difamaciones.

Aquí en mi diócesis he oído varias veces un dicho que reza así: "la mentira tiene patas cortas y la verdad siempre la alcanza". La elevación de San Romero como modelo de santidad nos muestra la gran sabiduría que me hace recordar también una frase lapidaria de Santa Teresa de Jesús: "la verdad padece, mas no perece".