Una imagen del bautismo de Jesús se exhibe en la iglesia Sagrado Corazón, en Medford. El bautismo en el agua simboliza la confianza en nuestro Señor Jesucristo y por el agua nos sumergimos en una nueva vida como cristianos. (Foto Patricia Montana/El Centinela).
Una imagen del bautismo de Jesús se exhibe en la iglesia Sagrado Corazón, en Medford. El bautismo en el agua simboliza la confianza en nuestro Señor Jesucristo y por el agua nos sumergimos en una nueva vida como cristianos. (Foto Patricia Montana/El Centinela).

Durante las primeras semanas del año 2021 he pasado bastante tiempo en conversación con colegas, estudiantes, familiares y amigos. Hablamos del trabajo, la vida, nuestros hijos, la política, la pandemia, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías y nuestras esperanzas, entre muchas otras cosas.

Puedo observar por la manera como se ven y como suenan que muchos de ellos están cansados.

Aunque generalmente estoy de buen ánimo, también experimento cierto grado de cansancio. Se supone que el comienzo de un año nuevo nos ofrece una manera de ver la vida de manera rejuvenecida y nos inyecta energía nueva. Sin embargo, millones y millones de personas en nuestra nación simplemente están cansadas.

El sentimiento de cansancio se puede justificar.

No podemos ocultar los efectos del 2020 en nuestra vida, el cual fue un año tumultuoso.

Todavía seguimos en medio de una pandemia que parece indomable.

Aun cuando sabemos las noticias excelentes sobre las vacunas que se han aprobado, cada día descubrimos que más personas han sido infectadas y que más han muerto; escuchamos que hay nuevas olas de contagio y nuevas cepas del virus.

El clima político actual deja mucho que decir y, francamente, a veces desanima.

Desde que los Estados Unidos comenzaron como nación ha habido divergencia de opiniones y las divisiones han sido normales. Ello es normal en el mundo de la política.

Sin embargo, cuando esas divisiones se usan para desmantelar o distorsionar los principios sociales, políticos e incluso legales que se suponen han de fomentar una sociedad decente, entonces hay que reconocer que las cosas no andan bien.

El uso desenfrenado de un lenguaje racista en el discurso público, el brote de un nacionalismo creciente que se fundamenta en sentimientos antiinmigrantes y el desprecio por las personas que son pobres, entre otros desatinos socioculturales de nuestro día, exigen un examen de conciencia comunitario.

Es en este momento en que las personas de fe y las instituciones religiosas deberían ejercer el liderazgo que se necesita con urgencia.

El desafío es que no podemos ir a nuestras iglesias como lo hacíamos, pues debemos adherirnos a restricciones importantes que buscan controlar la pandemia.

Los esfuerzos de educación religiosa y apoyo espiritual, aun cuando se llevan a cabo con la ayuda de los medios digitales, andan a media máquina.

Muchas personas de fe se encuentran heridas y desconcertadas.

De hecho, muchas están desilusionadas al observar que líderes religiosos de distintas tradiciones y persuasiones filosóficas prefieren poner preferencias políticas e ideológicas por encima de la verdad y del mensaje de amor que se encuentra el centro del Evangelio.

Más preocupante todavía es el uso irresponsable del mensaje cristiano y cualquier nivel de reputación que nuestras instituciones religiosas puedan tener en esta sociedad para justificar lo injustificable.

Pongamos todo esto junto: una pandemia que parece indomable, un ambiente político caracterizado por divisiones, nuestras instituciones fundamentales bajo amenaza, el prejuicio racial rampante, la manipulación de la religión en favor de agendas ideológicas y otros desafíos. Ciertamente podemos entender por qué tantas personas en nuestra sociedad están cansadas.

¿Qué podemos hace en medio de todo esto?

Bueno, la promesa de un nuevo comienzo sigue allí. Cada crisis trae sus propias esperanzas y posibilidades.

Como cristianos, creemos que la vida, el bien, el orden y el amor prevalecen sobre la muerte, el mal, el caos y el odio, respectivamente.

Sabemos esto porque Dios habló decisivamente en Jesucristo, y en él se fundamenta nuestro sentido de esperanza.

Las palabras de Jesús resuenan con fuerza: "Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré" (Mt 11:28).

El año todavía es joven y tenemos que estar atentos a cualquier signo de esperanza frente a nosotros. Las pandemias vienen y van. Los regímenes políticos suben y caen. Los errores se pueden corregir.

En medio del ambiente de cansancio que permea muchas de nuestras realidades, los católicos tenemos que redoblar nuestros esfuerzos para ser verdaderas fuentes de luz en esta sociedad.

Los desafíos son grandes y complejos, y seguramente resistirán respuestas facilitas o simplistas. Pero tenemos que responder a ellos, y hacerlo con contundencia.

Ya sea que como católicos estemos en la Casa Blanca o el Congreso, en iglesias o colegios, en oficinas o negocios, fábricas o sembrados, la privacidad de nuestros hogares o la vida pública, éste es un momento propicio para compartir la esperanza que nos inspira nuestra fe.

Hoffsman Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.