El fallecido Padre Frank Kennard amaba la liturgia reverente y era un gigante dentro del movimiento de justicia social en el oeste de Oregón a mediados del siglo XX. Él es el protector que necesitamos en este momento. Hablando sinceramente, los católicos nos hemos dividido. Algunos somos apasionados del movimiento pro-vida, otros abogan por la caridad, un grupo se concentra en la liturgia contemplativa y otros insisten en que la iglesia debe luchar contra los sistemas de injusticia social.

Todos tienen la razón y forman parte del equipo católico.

En 1950, el Padre Kennard se convirtió en la fuerza espiritual detrás del equipo de graduados de la Universidad de Portland que fundó la Casa Blanchet en la misma ciudad. El sacerdote pasó su infancia en Milwaukie y era un hombre franco que les ofreció a los jóvenes el modelo de Dorothy Day, la campeona de justicia social que fundó el movimiento de trabajadores católicos, rezaba el rosario e iba diariamente a misa. El sacerdote les dijo a los jóvenes que nadie puede cumplir el trabajo del Evangelio a cabalidad sin la liturgia reverente. Hoy en día, la Casa Blanchet sigue funcionando exitosamente.

El padre Kennard pasó gran parte de los años 1950´s y 1960´s como misionero en los Andes Peruanos donde diseñó arte litúrgico al mismo tiempo que luchaba por el derecho a la propiedad de sus feligreses.

De regreso en Portland en 1980, se convirtió en un defensor de los refugiados y en un líder espiritual de la creciente comunidad hispana del oeste de Oregón. Él nunca tomó la liturgia a la ligera. Uno de sus modelos a seguir fue Monseñor Tomás Tobin, un hombre que luchó por el bien común al mismo tiempo que entendía que la sagrada liturgia era la base de todo.

Lo que aprendemos del Padre Kennar es que lo tenemos todo. No somos simplemente personas de oración reverente y no somos una organización de servicio social. Una idea alimenta a la otra.

Muchas organizaciones católicas tienen como misión traer la fe a la vida. Esto es vital, pero de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, es sólo un lado de la moneda. También estamos llamados a traer nuestras auténticas vidas a nuestra liturgia, ya que Dios está espléndidamente presente en ambos reinos, una fuerza de unión, no de división.