La tasa de desempleo en los Estados Unidos llega a cifras históricas. En mayo del 2020, cerca de una quinta parte de los adultos con capacidad y deseo de trabajar no tenían empleo. Más de 30 millones perdieron sus trabajos en el transcurso de dos meses.

Entre las personas que perdieron sus trabajos o fueron puestas en licencia laboral sin devengar salario en una economía severamente afectada por la primera ronda de la pandemia COVID-19 se encuentran muchos agentes pastorales. La mayoría de ellos laicos. Las consecuencias de esta realidad han sido devastadores para sus familias.

Algunos agentes pastorales ordenados y consagrados también perdieron sus trabajos. Sin embargo, su status eclesial les otorga una especie de "red de asistencia social" que los agentes pastorales laicos simplemente no tienen. Con el tiempo, la mayoría de ellos son asignados a otro ministerio.

Hace poco me comuniqué con un amigo que es inmigrante y ha trabajado como agente pastoral en una diócesis por muchos años. Es un campeón del ministerio hispano. Las iniciativas que avanza para servir a los católicos hispanos son incomparables en cuanto a su calidad y efectividad.

Su diócesis lo puso en una licencia laboral. Es posible que su posición desaparezca para balancear las finanzas de la diócesis, lo cual espero que no ocurra. Él y su esposa tienen 10 hijos; la mayor de 9 años y el más pequeño viene en camino. Él es el único que recibe un salario.

Tal no es el único caso del que tengo conocimiento. He escuchado en estos días de varios agentes pastorales trabajando en el ministerio hispano en varias partes del país contando cómo sus posiciones ministeriales simplemente están desapareciendo.

Muchos administradores de diócesis, parroquias, colegios y organizaciones católicas confrontan situaciones difíciles en estos días con relación a quienes trabajan allí. Desafíos tales como ingresos severamente reducidos e inestabilidad financiera los aquejan. El futuro es incierto, en algunos casos sombrío.

Muchas decisiones en estos días con relación a quién se va y quien se queda en nuestras instituciones parecen ser determinadas por razones financieras, lo cual se entiende. Sin embargo, hay que recordar que somos una institución fundamentada en los valores del Evangelio. Nuestras acciones deben ser guiadas por la caridad, la misericordia y la justicia, y también por una visión amplia de la misión evangelizadora de la iglesia.

Los agentes pastorales que trabajan en el ministerio hispano parecen estar más expuestos a ser despedidos cuando las organizaciones y oficinas católicas son restructuradas o cuando tienen que tomar decisiones difíciles con relación a presupuestos y empleados. No es un secreto que aquellas posiciones que tienen que ver con el ministerio hispano tienden a ser las últimas en ser creadas y las primeras en eliminarse cuando las cosas se complican.

En estos días parte de mi atención se ha centrado en los doctores y administradores de hospitales que se encuentran en las trincheras de la pandemia. Durante estos momentos críticos, muchos de ellos deben decidir en el instante quién recibe atención médica que le pueda salvar la vida y quién no. El impacto mental y emocional de dichas decisiones es bastante significativo.

Expertos en los campos de la ética y la medicina han propuesto criterios que ayudan a tomar tales decisiones, aunque no siempre satisfagan a todo el mundo. En última instancia se trata de vidas humanas. Me parece que también necesitamos criterios que guíen el discernimiento relacionado con poner a agentes pastorales hispanos (y de otros grupos culturales) en licencias laborales sin salario o despedirles. Ofrezco dos.

Por un lado, recordemos que cerca de un 10% de todos los ministros eclesiales laicos católicos en el país son hispanos. Perder tan sólo un número pequeño de ellos tendrá grandes efectos en los procesos de evangelización católica en una iglesia cada vez más hispana.

Sabiendo que cerca de la mitad de todos los católicos en los Estados Unidos se identifican como hispanos, las diócesis y las parroquias deberían pensarlo dos veces antes de despedir a los agentes pastorales hispanos. Necesitamos más que nunca a estos agentes pastorales con sus competencias y su experiencia.

Nos ha tomado largas décadas para cultivar una masa crítica de agentes pastorales católicos hispanos. La inversión tanto a nivel personal como institucional ha sido enorme. Aunque el número crece, tal crecimiento ha sido lento. Necesitamos sostener esos logros.

Por otro lado, tenemos que tomar decisiones con caridad, misericordia y justicia. Un empleado con 10 hijos, una madre soltera, alguien que cuida de un familiar enfermo o anciano, y padres de familia con niños pequeños deberían ser los últimos en considerarse al momento de calcular cualquier fórmula de reducción de personal en nuestras instituciones católicas. En última instancia se trata de vidas humanas.

Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.