Una vez escuché al teólogo méxicoamericano Gary Riebe-Estrella, miembro de los Misioneros del Verbo Divino, contar una historia que se ha quedado en mi memoria por muchos años. La historia va más o menos así.

Como parte de su trabajo misionero, el padre Riebe-Estrella visitaba el hogar de una familia hispana inmigrante. Cuando entró a la casa, notó un hermoso altarcito en la sala.

Sabemos que los altarcitos son comunes en los hogares católicos hispanos. Son espacios sagrados en los cuales los miembros de la familia ponemos objetos e imágenes religiosas, fotografías de familiares, reliquias y otras cosas que invitan a la oración. Los altarcitos nos recuerdan que cualquier esquina puede ser un espacio de encuentro con Dios.

La atención del sacerdote se centró en tres imágenes de la Virgen María que representaban distintas advocaciones marianas bastante populares entre los hispanos, incluyendo a Nuestra Señora de Guadalupe. Le pareció interesante que las tres estaban juntas.

En medio de la conversación con los miembros de la familia, y usando el momento para dar una buena catequesis, dijo: "Ustedes saben que sólo hay una María, la madre de Jesús, ¿cierto?"

La familia, escuchando con atención, confirmó la observación.

Él continuó: "Ustedes saben también que estas tres imágenes evocan a la misma María, ¿verdad?"

Mientras que todos decían que sí, la madre agregó, "Sí, ellas representan a la misma María, pero son diferentes".

Al escuchar esto, esperando más detalles y quizás anticipando una breve historia de cada advocación, el padre Riebe-Estrella preguntó, "¿De qué manera son diferentes?" La madre respondió, "Pues son primas".

No recuerdo qué pasó después en la historia. Seguramente compartieron sonrisas y la catequesis continuó. El punto de la historia es que en esta conversación aprendemos mucho de cómo los católicos hispanos imaginamos a la Virgen María a través de la religiosidad popular.

En la imaginación católica hispana, muy cercana al pensamiento bíblico, María nunca está sola. Ella siempre está en relación con alguien. Con Jesús, su hijo; con José, su esposo; con Elizabeth, su prima; con sus vecinos y coterráneos; con las mujeres que sufrían cuando sus hijos eran torturados y asesinados por el imperio; con los apóstoles y los primeros cristianos que tenían la responsabilidad de anunciar el evangelio.

Casi en toda historia asociada con una advocación mariana en América Latina y en el Caribe, una vez María se aparece o es encontrada (ej., una imagen, un cuadro) entra en relación personal con individuos y con comunidades enteras.

Para los católicos hispanos que expresamos nuestra devoción a María por medio del catolicismo popular, María no es un ser distante o una persona aislada de nuestra experiencia diaria o de nuestras relaciones más inmediatas.

Algunas veces los católicos tendemos a definir estrictamente lo sagrado como "separado de" o "separado para". Hay algo de verdad en ello, pero eso no tiene que significar que lo sagrado es equivalente a vivir solos o de manera lejana. Quizás ésta es la razón por la cual muchas veces algunas personas tienen tanto problema relacionándose con Dios y con las personas que sirven en nombre de Dios.

La Virgen María de la imaginación católica hispana es santa, sagrada y elegida para cosas divinas como miembro de una comunidad. Su santidad se expresa en sus relaciones.

Esas relaciones que imaginamos como católicos hispanos, tal como en la historia del padre Riebe-Estrella, desafía la lógica linear que usamos frecuentemente para interpretar nuestra experiencia católica. ¿Puede ser María su propia prima, hermana o compañera por medio de advocaciones distintas?

No hay necesidad de tratar de responder a la pregunta. Estamos invitados simplemente a adentrarnos en las dimensiones de misterio que acompañan la convicción de que María es una, nunca está sola y vive en relación permanente con nosotros por medio de Jesucristo.

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Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.