"¡El Señor ha resucitado!" Es lo que proclaman nuestras voces durante los cincuenta días del tiempo pascual. Celebramos la vida con gozo: nuestra vida presente y la vida eterna.

 

Al celebrar como comunidad pascual, tenemos la convicción de que la muerte no tiene la última palabra. Al resucitar a Jesús de entre los muertos, Dios vence a la muerte. ¡Ciertamente la muerte no nos define; la vida sí!

 

Cada año durante la época de Pascua los católicos tenemos una nueva oportunidad para celebrar el don de la vida mientras que contemplamos la resurrección Jesucristo. "El Señor ha resucitado", proclamamos. Al contemplar su resurrección, anhelamos la nuestra.

 

Nos encontramos en el segundo año de la pandemia global del COVID-19. Es la segunda Pascua en que la celebración de la vida ocurre en medio de las condiciones creadas por un virus que ha afectado a todas las personas en nuestro planeta.

 

Millones de personas han muerto en todo el mundo por causa de este virus. Millones más sentimos la ausencia de nuestros seres queridos que fallecieron y les extrañamos infinitamente. Muchísimas personas de todas las edades vivirán el resto de sus existencias con las consecuencias de una enfermedad que tomó al mundo por sorpresa.

 

Sin embargo, este año las cosas son un tanto diferentes. Un milagro ha ocurrido. No tan poderoso ni decisivo como el milagro de la resurrección, pero sí un milagro. La comunidad científica ha elaborado una serie de vacunas que tienen la capacidad de controlar en gran parte al virus del COVID-19.

 

La ciencia puesta al servicio de la vida y del bien común puede prevenir que la gente muera prematuramente. Cuando la medicina contemporánea nos asombra en su manera de responder a aquello que amenaza nuestra existencia, nos llenamos de admiración. Y la admiración es una invitación a contemplar la grandeza de Dios.

 

Ahora nos preguntamos: ¿qué hacemos con el milagro? Esta pregunta aplica tanto al milagro de la resurrección como al milagro más temporal de la elaboración de una serie de vacunas para proteger la vida en este momento histórico en el cual nos enfrentamos a la pandemia del COVID-19.

 

La salvación de Dios por medio de Jesucristo es un don, pero tenemos que recibirlo. Dios quiere que hagamos nuestro ese don. Lo que mueve la acción evangelizadora de la Iglesia en la historia es la convicción de que queremos que las personas tengan una experiencia profunda de Cristo resucitado y hagan suyo el don de la salvación.

 

Podemos aplicar esto de manera análoga al don de las vacunas que protegen nuestras vidas, las vidas de quienes queremos y la vida de todos los seres humanos. Están disponibles, pero hay que recibirlas.

 

Después de más de un año en medio la pandemia actual, sabemos que la muerte es una posibilidad real por causa del virus. No se trata de un juego o de un ejercicio en el que pretendemos que algo puede ocurrir. El recibir o no la vacuna del COVID-19 puede hacer la diferencia entre vivir y morir; entre ver a otros vivir o morir.

 

Discúlpenme si sueno un poco dramático. Sin embargo, me preocupa que muchas personas en nuestra sociedad, y en particular en nuestras comunidades católicas, parecen minimizar la importancia de vacunarse durante la pandemia actual. Muchos rechazan del todo la idea de vacunarse.

Existe mucha desinformación.

 

Muchas teorías de conspiración. Muchos miedos arbitrarios. El antídoto a todo esto es informarse bien y un buen cuidado pastoral.

 

El Vaticano, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, y prácticamente toda organización católica con credibilidad han determinado que la vacunación asociada con el COVID-19 es moralmente aceptable y una prioridad para proteger la vida y promover el bien común.

 

Si nos preocupa la vida, tenemos la responsabilidad de hacer todo lo posible por protegerla.

 

Nuestro discernimiento tiene que ir más allá de nuestras opiniones personales. En el espíritu de esta Pascua, mientras que contemplamos al Señor resucitado, permítanme hace una invitación sencilla: levántense, reciban la vacuna, salven vidas.

 

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Hosffman Ospino es profesor en Teología y Educación Religiosa en Boston College.