La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró oficialmente al coronavirus Covid-19 como una pandemia global. Desde diciembre del 2019 cuando se dio a conocer el primer caso en Wuhan, China, el número de casos de COVID-19 se ha extendido y multiplicado por todo el planeta. Al 18 de marzo, fecha de la publicación de esta columna, la organización reportó que hay más de 214.000 casos en 164 países, 8.760 personas han perdido la vida y miles de personas más están luchando por sus vidas en los hospitales.  

Al ser la primera pandemia en la era de la tecnología, los medios de comunicación y las redes sociales, han hecho que tengamos la información al minuto, sin embargo, la alerta mundial no debe hacernos perder de vista la realidad.

La misma organización mundial advirtió que “Pandemia no es una palabra que deba utilizarse a la ligera o de forma imprudente. Es una palabra que, usada de forma inadecuada, puede provocar miedo irracional o dar pie a la idea injustificada de que la lucha ha terminado, y causar como resultado sufrimientos y muertes innecesarias”. 

Ante la actual coyuntura, es prioritario tomar decisiones orientadas a proteger la salud, actuar con serenidad para mantener la calma y fortalecer la fe al estar en oración constante.

El Centro de Prevención y Control de Enfermedades de los Estados Unidos, más conocido como CDC por sus siglas en inglés y las diócesis han hecho recomendaciones específicas acerca de las medidas de precaución para reducir las oportunidades de exposición al virus.

Evitar las aglomeraciones, lavarse las manos con jabón frecuentemente, cubrirse la boca al toser o estornudar y prescindir de tocarse la cara, son algunas de las recomendaciones.

Igual de importante es educarse acerca del virus y reconocer los síntomas, especialmente porque no es posible prever como evolucionará. He aquí que reforzar el conocimiento es esencial. La información es el antídoto del miedo. La información nos da poder y confianza.

En los medios de comunicación en línea y en Internet hay un mar de información, sin embargo, debemos hacer uso de fuentes confiables que verdaderamente nos eduquen sobre el fenómeno que enfrentamos. 

Las entidades del gobierno, los medios de comunicación serios, la Organización Mundial de la Salud y las universidades, son ejemplos de fuentes de consulta.

El pánico y la angustia no son la mejor solución, a cambio, la fe es un arma excelente de defensa que poseemos los católicos. En los momentos más sombríos y difíciles, la fe nos saca de la oscuridad y la luz de Dios guía nuestro camino. 

Dios no nos abandona, siempre está con nosotros y nos permite perseverar en todo tipo de adversidad. Los momentos difíciles siempre traen algo positivo; son la mejor escuela para crecer como seres humanos, para aprender a ser pacientes y compasivos.

En momentos de desesperanza, aun necesitamos permanecer con la esperanza de estar en la presencia amorosa de Dios que nos sostiene, nos cuida y nos da su gracia para superarlo todo.

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