Hemos recorrido ya un largo camino durante la pandemia del covid-19. Con más de tres meses de confinamiento, esta época nos ha llevado a enfrentar grandes retos.

Al cierre de la edición de junio, las cifras de la Universidad de Hopkins dan cuenta de más de 6.590.000 casos de contagio en el mundo, de los cuales 1.867.000 corresponden a Estados Unidos. Esos registros indican el ascenso continuo de la propagación del virus, situación que conlleva a como lo hemos visto ya, un retorno lento a la normalidad.

El panorama que el virus va dejando a su paso, como si se tratara de un huracán de categoría 5, muestra un efecto devastador.

El desplome económico, la caída de los precios, la interrupción de las cadenas de producción, la reducción de la demanda de bienes y servicios, el cierre de los negocios y el desempleo, son solo algunos de sus efectos.

Sin embargo, en medio de la crisis sanitaria, algo para destacar es la abundancia de caridad con el prójimo. Tal vez el hecho de reconocer nuestra fragilidad y quedarnos en casa, ha sido la actitud más solidaria, el grano de arena aportado por la mayoría de individuos, en beneficio de todos y la mejor forma de ayudarnos entre todos para combatir la pandemia.

Tantos gestos de solidaridad e iniciativas para ayudar a los demás son acciones verdaderamente conmovedoras e inspiradoras que han hecho esta crisis un poco más llevadera.

Desde el seno de las parroquias, la acción espiritual de los sacerdotes y del personal auxiliar con su viva actividad de oración y Eucaristía, fortaleciendo nuestra fe, llevando consuelo a los afligidos, contribuyendo para ayudar a los más necesitados, intensificando la oración por las familias y la comunidad.

También, desde allí la solidaridad comenzó su efecto multiplicador, contactando a los feligreses para saber cómo estaban y cómo podían ayudar, construyendo cadenas de apoyo a través de las redes sociales entre las familias que se han conocido en los grupos de oración o de voluntariados en las parroquias, llegando de esta manera a cientos o miles de personas.

Los espacios virtuales creados para rezar juntos el Rosario, para conversar, para acompañar a las familias y ayudarlas a crecer en oración, han resultado invaluables ejemplos de solidaridad. 

Para nosotros los creyentes, la mano de Dios presente en las vidas de las personas, guiando con su luz en medio de esta oscuridad. Una prueba del amor y la gracia de Dios y su obra en el corazón de las personas que los mueve a servir a los demás. 

Antes de que la Arquidiócesis de Portland empezara la distribución de alimentos, los coordinadores de ministerios hispanos en algunas iglesias, con la ayuda de voluntarios y voluntarias, comenzaron a movilizarse para obtener recursos y hacer donaciones a las familias, comprar mercados y en general ayudar a las familias más vulnerables a cubrir sus necesidades básicas más urgentes. 

Las redes sociales han sido una pieza fundamental durante esta pandemia; no solo fueron la herramienta clave para ayudar a las iglesias a reinventarse, sino que a través de ellas se han creado redes para diseminar la información de cómo protegerse, a donde buscar ayuda y de esta manera, fomentar la solidaridad y el amor por los demás.

No obstante, la vulnerabilidad continúa y la precariedad de algunas de nuestras familias seguirá presente porque los efectos de la pandemia continúan. Se requiere un incremento en la dosis de solidaridad con nuestro amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.

Es urgente el seguir al pie de la letra las recomendaciones de protección, el uso de las máscaras faciales, mantener la distancia física; en otras palabras, renovar la voluntad y los esfuerzos para que la caridad no se agote.

La sociedad y sus dirigentes, las instituciones gubernamentales, las empresas, las organizaciones sin ánimo de lucro, la iglesia, los padres de familia y cada uno de nosotros ciudadanos católicos de buen corazón, en alianza, todos juntos, de la mano de Dios para continuar y salir adelante hasta cuando El nos indique.

Que la compasión y la solidaridad no se agoten. Se hace necesario seguir tomando conciencia del valor de nuestra conducta y los efectos de nuestras acciones.

Estamos ante una época única, un tiempo de tribulación y prueba, pero también un tiempo de purificación y sanación.