"Sólo tenemos una cosa segura en este mundo", dice mi madre, "y es que un día nos vamos a morir". La afirmación es sin lugar a duda un tanto estoica y realista, aunque sabiamente reconoce la mayor limitación que confronta la existencia del ser humano.

La vejez y la enfermedad son quizás las dos realidades que con más frecuencia nos hacen conscientes de nuestra mortalidad. La brutalidad de la violencia y la guerra, de manera casi irracional, continúa siendo una carga mortal para muchos. Los efectos de la pobreza, el hambre y la falta de condiciones de vida decentes acortan la existencia de otros. 

Ricos o pobres, jóvenes o viejos, inmigrantes o ciudadanos, creyentes o no creyentes, muy influyentes o cuasi-invisibles en las masas anónimas de nuestras ciudades cada vez más grandes, la muerte nos recuerda qué tan iguales somos.

Dicha observación encuentra un eco en las palabras del autor del libro del Eclesiastés: "Porque los hombres y los animales tienen todos la misma suerte: como mueren unos, mueren también los otros. Todos tienen el mismo aliento vital y el hombre no es superior a las bestias, porque todo es vanidad" (3:19).

Durante los últimos meses del año, los católicos reflexionamos sobre la realidad de la muerte. La liturgia de la iglesia nos ofrece la conmemoración de todos los difuntos. Entre los católicos hispanos, la celebración es conocida ampliamente como el Día de los Muertos.

El Día de los Muertos nos invita a recodar que en la vida y en la muerte somos comunidad. No es un día en que pensamos en la muerte como una idea abstracta o una simple superstición, sino que conmemoramos a nuestros difuntos desde la fe: familiares y amigos, ancestros, personas que conocimos y otras que no conocimos, santos, mártires y testigos que ya fallecieron.

En el Día de los Muertos cultivamos nuestra relación con aquellos que un día vivieron con nosotros y ahora viven de una manera diferente. Los difuntos no se han ido para siempre. Ellos permanecen en nuestras memorias; seguimos en relación con ellos; están vivos en Dios.

Al recordar a nuestros difuntos, en este día también cultivamos nuestras relaciones como familias, barrios y comunidades de fe. Estamos agradecidos por lo que recibimos de aquellos que ya no están con nosotros. Nos inspiran sus memorias y sus legados.

Recordamos a nuestros difuntos para afirmar la vida: la vida como un don de Dios por medio del cual nos hacemos presentes unos a otros en la historia. La vida en Jesucristo, también un don de Dios, el cual nunca termina y transforma incesantemente todo lo que existe, incluyendo el orden creado.

El Día de los Muertos es un verdadero signo de esperanza. Más exactamente, esperanza en la resurrección. Me fascina cómo muchas comunidades y familias hispanas celebran la conmemoración de los fieles difuntos como el Día de los Muertos, con gratitud profunda y un sentido de fiesta.

Muchos católicos, quizás influenciados por los temores y distorsiones sobre el tema de la muerte que nos impone nuestra cultura, tienden a pensar en la muerte principalmente como algo triste, como pérdida y aislamiento. Desde esa perspectiva se comprende que alguien quiera evitar o ignorar todo lo relacionado con la muerte.

Sin embargo, el Día de los Muertos, afirmando la victoria de la vida sobre la muerte, celebrando las relaciones que median lo visible y lo invisible, y resaltando el simbolismo colorido que revela la perspectiva festiva que está presente de manera constante en las culturas hispanas, nos cuenta una historia muy distinta.

Recordar a los difuntos con un sentido de fiesta es algo esencialmente cristiano. En Cristo, los vivos y los muertos participamos de la comunión de los santos. En Cristo, cualquier percepción de que la muerte tiene la última palabra deja de tener sentido. La vida tiene la última palabra.

El catolicismo estadounidense se enriquece cada vez más gracias a la manera como los católicos hispanos, latinoamericanos y caribeños recordamos a nuestros difuntos para afirmar la vida. En cuanto a esta certeza, ciertamente no somos los únicos, lo cual es un gran don a medida que vivimos y celebramos nuestra identidad católica en una iglesia culturalmente diversa.