Actualmente en los Estados Unidos hay cerca de 11 millones de oportunidades de trabajo esperando empleados. Sólo hay que caminar por las calles principales de nuestros pueblos y ciudades, quizás pasar cerca de un negocio pequeño o una fábrica, y veremos en todas partes las palabras "Se necesitan empleados" o "Help Wanted" (en inglés).

¿Dónde están los trabajadores? ¿Por qué las personas no están aprovechando esta bonanza de empleos disponibles? Los expertos dicen que algunas personas no están listas para regresar a sus trabajos.

Otras decidieron hacer algo distinto para responder mejor a las demandas de una nueva economía. Otras están preocupadas por su seguridad en estos días de pandemia.

Una versión muy similar de este fenómeno se está dando en el mundo catequético católico. No lo podemos ignorar. Me di cuenta de ello cuando la directora de catequesis de mi parroquia multicultural compartía que tenía dificultades para atraer catequistas que enseñaran la fe este año.

La pandemia del COVID-19 ha impactado notablemente a los programas catequéticos en todos los niveles. Contacté a amigos que dirigen la catequesis en diócesis y parroquias en otras partes del país para ver qué estaba ocurriendo. Escuché historias similares de líderes en Texas, Florida, California, Illinois, Maryland, Ohio, Washington y otros estados.

Muchos líderes catequéticos han estado haciendo malabares administrativos para que sus programas sigan funcionando y así ofrecer formación en la fe a católicos de todas las edades: reuniones presenciales con grupos pequeños, sesiones virtuales, programas auto-dirigidos, iniciativas híbridas, cancelación de ciertos programas, actuar como si nada estuviera ocurriendo, etc. De todo un poco.

Por lo general los altibajos de los programas catequéticos no reciben la misma atención en los medios de comunicación como lo hacen los de las escuelas católicas. No obstante, recordemos que por cada niño o joven católico matriculado en una escuela católica, hay dos en programas catequéticos.

Los líderes catequéticos con frecuencia carecen de recursos e infraestructura que les permita hacer un mejor trabajo.

De hecho, es un escándalo que en las últimas décadas muchas diócesis y parroquias han venido reduciendo de manera dramática los presupuestos de oficinas y programas catequéticos, y en algunas los han eliminado.

Nuestros líderes catequéticos por lo general llevan a cabo su ministerio con los recursos más básicos.

La mayoría de los programas dependen de pequeñas legiones de voluntarios, constituidos primordialmente por mujeres, bajo la guía de uno o dos coordinadores.

Existe muy buena voluntad, sin lugar a duda, pero muy pocos recursos, y a veces estos líderes carecen también de apoyo y apreciación suficientes.

La pandemia ha alejado a miles de catequistas. Miles más siguen evaluando las medidas de seguridad en las parroquias y muchos están pensando que si regresan van a tener que asumir más responsabilidades pues cada vez son más pocos. No les podemos culpar.

Muchos de ellos son personas mayores; otros están cuidado familiares que tienen condiciones delicadas de salud; otros son padres de niños que no son elegibles para recibir la vacuna del COVID-19. Muchos de nuestros catequistas experimentan condiciones reales de vulnerabilidad.

El impacto negativo de la pandemia en los programas de catequesis, su calidad y en el resto de los esfuerzos evangelizadores en la iglesia pueden ser irreversibles si no hacemos algo. Necesitamos que la catequesis reciba más atención, local y nacionalmente, durante estos tiempos de pandemia.

Por lo general en los meses de septiembre y en octubre encontramos una invitación en los boletines y las comunicaciones parroquiales a servir como catequistas voluntarios.

Parece que la invitación que no está dando los frutos esperados en estos días.

¿Dónde están los catequistas?

Creo que están allí, listos para responder. Sin embargo, en este momento están esperando mucho más de lo que nuestras comunidades de fe normalmente les ofrecen.

Los catequistas necesitan capacitación para compartir la fe usando tecnologías nuevas y pedagogías renovadas.

Con esta clase de capacitación, nuestros catequistas se sentirán más seguros para servir en programas de formación en la fe mientras que protegen su salud y la de sus seres queridos.

Los catequistas quieren recursos de calidad y desean aprender a compartir la fe de manera efectiva. Estas hermanas y hermanos merecen nuestro apoyo y afirmación.

Tenemos que invertir de manera mucho más generosa en programas catequéticos.

Los catequistas pueden ser la clave en la tarea compleja de mantener viva la fe de millones de católicos en este momento histórico. Este no es un momento para escatimar recursos. Todo lo contrario, es un momento para duplicar, incluso triplicar nuestra inversión en la catequesis.

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Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.