En este momento de pandemia, cuando están en juego la vida, la salud y el bienestar personal, tenemos que trabajar juntos por el bien común. En estos momentos de pandemia, no hay lugar para el egoísmo.

A medida que desvanecen las restricciones asociadas con la pandemia, podemos pensar que la crisis de salud en la que hemos vivido recientemente se ha terminado y que hemos regresado a la normalidad. No vayamos tan rápido.

Decenas de miles de personas todavía contraen el virus cada día. Miles de fallecimientos se reportan cada semana en nuestro país. Naciones enteras, incluyendo a muchos de nuestros vecinos más inmediatos, están pasando por momentos muy difíciles. Si nuestros vecinos no pueden controlar la pandemia, nadie está seguro.

La solidaridad parece ser la mejor estrategia para asegurarse de que todos estemos bien durante esta pandemia. Más exactamente, la solidaridad cristiana: ver el rostro de Cristo en la otra persona, especialmente en quienes tiene más dificultades, y hacer algo para aliviar su sufrimiento para que vivan con dignidad.

Vivir en solidaridad exige empatía. Tenemos que ser capaces de preguntarnos cómo están los demás. Tenemos que ser capaces de entender lo que les aflige y qué les impide acceder a aquello que puede hacer que sus vidas sean de mejor calidad.

Aunque nuestra sociedad ha mejorado notablemente en cuanto a su respuesta a la pandemia del COVID-19, desafortunadamente hay grupos que siguen llevando la carga más pesada con sus cuerpos y sus vidas en medio de esta crisis.

La pandemia sigue afectando desproporcionadamente a los hispanos, y esto es algo que nos toca de cerca a los católicos pues cerca de la mitad de la población católica estadounidense es hispana.

A pesar de contar con amplias reservas de vacunas y de ser la población que tiene más deseos de ser vacunada, según un reporte de la Fundación de la Familia Kaiser en mayo del 2021, los hispanos tenemos una de las tasas más bajas de vacunación contra el COVID-19 en el país.

Hay muchas razones detrás de esta aparente contradicción: falta de información básica acompañada de mucha desinformación (ej., teorías de conspiración), acceso limitado a estructuras y servicios esenciales de cuidado de salud, barreras lingüísticas y todo un conjunto de temores asociados con la aplicación de leyes migratorias, entre otras.

Los detalles sencillos son importantes. Muchas personas se han autoproclamado como intérpretes de la moralidad católica confundiendo a los hispanos y a otros católicos con opiniones personales que con frecuencia contradicen las enseñanzas oficiales de la Iglesia. Ver a un policía o a un soldado en la entrada de un centro de vacunación puede desanimar a millones de personas que no tienen sus asuntos migratorios en orden.

Es tentador asumir que es normal confiar en la información que aparece en ciertas páginas web o saber que los oficiales de policía en un centro de vacunación están allí para ayudar y no para pedir prueba de ciudadanía. Sin embargo, muchas personas no lo hacen debido a las circunstancias en las que viven. Es normal que cuando alguien es vulnerable se acerque a la realidad con sospecha.

Es aquí en donde nuestras parroquias católicas pueden hacer una gran diferencia. El mantra para nuestras comunidades de fe en estos días de pandemia debería ser, “¿cómo podemos ayudar?”

Creo que las parroquias católicas se pueden convertir en comunidades santuario de manera creativa. El movimiento santuario con frecuencia evoca el esfuerzo de ofrecer espacios seguros a refugiados e inmigrantes. Es cierto, aunque la motivación más importante del movimiento santuario es salvar vidas.

Muchas parroquias católicas en el país han establecido o recibido clínicas de vacunación contra el COVID-19. Por lo general estas parroquias están ubicadas en sectores con grandes poblaciones inmigrantes. Estas comunidades ya funcionan de hecho como parroquias santuario.

Tenemos más de 16.700 parroquias católicas en el país, las cuales pueden convertirse en comunidades santuario ofreciendo información confiable, estableciendo clínicas de vacunación y siendo espacios seguros en donde la gente pueda dejar sus temores de lado. Pudiéramos hacer algo similar en los edificios y estacionamientos de nuestros colegios católicos y universidades católicas.

El movimiento santuario ofrece gran inspiración a nuestras parroquias para responder proféticamente en el nombre de Jesucristo a los desafíos de la pandemia actual. ¡Manos a la obra!

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Hosffman Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.