Cada Adviento, al estar a la espera de la venida de Jesús, es como si le diéramos un nuevo comienzo a nuestra vida cristiana.  Ciertamente que ya lo conocemos y lo amamos y que hemos sido sus seguidores durante años, tratando de vivir de acuerdo con sus enseñanzas, orando y dándole culto como Él nos lo ha enseñado. Sin embargo, la Iglesia nos ofrece todos los años esta temporada santa para que podamos encontrarnos nuevamente con Él y para animarnos a que nuestra relación viva con Él se vuelva más profunda.

Nuestra vida es un misterio, oculto con Cristo en Dios, como lo dijo San Pablo. El Adviento nos invita a reflexionar sobre este misterio, a recordar que somos más importantes de lo que podríamos imaginar, que hemos sido creados gracias al propósito amoroso del Creador y que formamos parte de su misterioso plan para la creación.

Dios nos creó a todos y cada uno de nosotros a su imagen, por amor y para ser sus hijos. Pero esa imagen ha sido distorsionada por el pecado original de Adán y Eva, que oscureció en nosotros la gloria que Dios deseaba que tuviéramos.

Este es el “motivo” de la Encarnación, el significado de su venida, que esperamos en Adviento.

Jesús viene, enviado por su Padre para nacer asemejándose a nuestra humanidad pecadora. Él es uno con Dios, es la imagen del Dios invisible, pero al mismo tiempo, es también un hombre más que vive entre nosotros.

Él es el “nuevo Adán”, que nos muestra quienes somos y para qué fuimos creados desde el principio. Él viene como el Hijo de Dios para compartir nuestra vida y muere para liberarnos del pecado y para darnos el poder de vivir como hijos e hijas de Dios.

Jesús cambia todo; Él le da a nuestra vida humana una nueva dirección y nuevas posibilidades. Al responder a su llamado a seguirlo, entramos en su vida por medio del bautismo y nos comprometemos a llevar una vida de conversión continua de nuestras viejas costumbres y de nuestros viejos hábitos para llegar a transformarnos en una nueva creación en Cristo.

Por la gracia que se nos confiere en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, somos transformados lentamente, “conformándonos” según su imagen y renovándonos de acuerdo con la imagen de Aquel que nos creó.

Esta es la historia completa. En Jesús, nuestra vida de la tierra se convierte en un camino de amor y en un sendero hacia el cielo, puesto que Él nos participa su promesa de vida eterna, al irlo siguiendo, en compañía de nuestras familias y seres queridos que forman parte de la Iglesia.

El desafío que tenemos es el de creer esto realmente, al mismo tiempo que nuestra vida cotidiana se enfrenta a tantas demandas y preocupaciones como ganarse la vida, cumplir con nuestras obligaciones, cuidar de nuestros seres queridos.

Por eso es importante el Adviento. Porque el Adviento vuelve nuestra mirada nuevamente hacia el verdadero “centro” de nuestra vida: Jesús. Y hacia nuestra relación viva con Él.

Los santos nos enseñan que, para crecer en esa relación, tenemos que meditar en la vida de Cristo, para tener siempre en nuestra mente las escenas de su vida, las palabras de su enseñanza.

Por lo tanto, es importante que apartemos un tiempo en nuestra vida diaria para “conocer” a Jesús en los Evangelios. Una manera fácil de hacerlo es dedicar unos cuantos minutos a leer el pasaje del Evangelio que la Iglesia asigna para cada día del año.

Una opción es suscribirse al servicio de correo electrónico gratuito de DailyGospel.org. Lo que me gusta de esto es que de ahí envían el Evangelio para cada día junto con una reflexión sobre el Evangelio, tomada de los escritos de los Padres de la Iglesia, de los santos o del “Catecismo de la Iglesia Católica”, o bien, de otros documentos del magisterio de la Iglesia. El servicio se ofrece en diversos idiomas y me parece que esto fomenta la lectio divina.

Eso es lo más importante: Leer los Evangelios en oración, pidiéndole siempre al Espíritu Santo que nos guíe.

Lean el pasaje lentamente; presten atención a los detalles pequeños, dejando que las palabras y acciones de nuestro Señor penetren en su alma. Mediten en lo que leen. ¿Qué es lo que se destaca en la lectura? ¿Es uno de los personajes, una palabra determinada, un movimiento o un signo?

Lean y vuelvan a leer. Pídanle al Señor que les diga lo que quiere que ustedes escuchen. Y luego, antes de concluir su lectura, permanezcan sencillamente en silencio, contemplando, “reposando” en el Señor.

Recuerden que no estamos leyendo para tratar de aprender algo. Estamos leyendo para convertirnos en alguien. Lo que queremos es saber: ¿cómo vive Él?, ¿cómo trata a la demás gente?, ¿cómo piensa, actúa y responde a las situaciones?, ¿cómo maneja los conflictos?

Al leer los Evangelios todos los días, nuestro objetivo es imitar a Jesús, amarlo más y llegar a adquirir la “manera de pensar de Cristo”, ver el mundo como Jesús lo ve, encontrarlo presente siempre en nuestra vida.

Oren por mí y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a la Santísima Virgen que nos ayude a tener un renovado deseo de encontrarnos con Jesús en los Evangelios durante estas semanas de Adviento.