No basta decir como católicos que la vida es sagrada. Nuestras acciones tienen que reflejar lo que afirmamos con nuestras palabras. Históricamente la educación es una manera efectiva de hacer esto. Sin embargo, en estos tiempos de pandemia tenemos que hacer algunos ajustes.

Más que una educación católica que enseñe sobre la vida, en este momento necesitamos una educación católica que diligentemente enseñe maneras prácticas de proteger la vida. Al decir "prácticas", lo que tengo en mente es maneras precisas, simples, rápidas y de amplia cobertura.

Éste no es un momento para contentarnos con meras abstracciones teológicas o filosóficas, o para imaginar mundos posibles mientras escapamos del mundo en el que vivimos, o para afianzarnos en nuestras ideologías políticas. Miles de personas a nuestro alrededor están muriendo. No hay garantía de que la vida de quienes contraen el virus volverá a la normalidad. 

Observo con gran preocupación el número cada vez más grande de personas infectadas por el COVID-19 y el que muchas personas sigan muriendo por causa del virus. Si hay alguna campaña educativa para prevenir el contagio masivo que está ocurriendo, parece que no está funcionando. Quizás las personas no están escuchando. Es posible que muchas estén confundidas. Nuestra gente necesita escuchar el mensaje de manera repetida. 

Las iglesias están en una posición perfecta para llevar mensajes de prevención y cuidado de la salud directamente a personas y familias. Las iglesias tienen una audiencia receptiva todas las semanas. En teoría, la Iglesia Católica en los Estados Unidos pudiese diseminar estos mensajes de prevención y cuidado de salud a sus cerca de 70 millones de miembros. Aún si sólo la mitad escuchara, estaríamos influenciando a cerca del 10% de toda la población estadounidense con mensajes que pueden salvar vidas durante esta pandemia.

Todos lo que los católicos hacemos para compartir un mensaje inspirado por el Evangelio es educación católica. Esta educación ocurre en todas partes y en todo momento. Los católicos tenemos que tomar la iniciativa en este momento histórico y lanzar una campaña educativa masiva para proteger la vida. Nadie se puede quedar con los brazos cruzados.

Una campaña educativa necesita puntos centrales que han de ser repetidos de manera frecuente. Una campaña católica para proteger y salvar vidas puede hacer cuatro invitaciones. Primero, una invitación a ejercer el sentido común. Compartamos mensajes básicos sobre higiene y distanciamiento físico.

Segundo, una invitación a actuar según los valores que nos inspiran. Esta es una oportunidad para ofrecer una catequesis renovada sobre las virtudes de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Tercero, una invitación a vivir con integridad de tal manera que no seamos limitados por nuestros caprichos e intereses egoístas. Los compromisos éticos católicos nos desafían a hacer lo que es correcto porque está fundamentado en la verdad, a entender la libertad como un regalo para acercarnos a la perfección, y a actuar siempre pensando en el bien común.

Cuarto, una invitación a cultivar una conciencia formada a la luz del evangelio. Valoramos la vida de los demás en el aquí y el ahora de la historia, sin importar el color de su piel o su cultura o su estatus social, simplemente porque son el rostro de Cristo, sin excepción alguna.

Una campaña de este calibre exige que usemos todos los recursos posibles. Para que sea efectiva, la campaña debe ser consistente y repetitiva hasta que haya pasado la pandemia. ¿Pudieran los obispos escribir una carta pastoral sobre este tema? ¡Por qué no! Toda homilía debiese hacer referencia a este mensaje de prevención. Los boletines parroquiales pudieran tener una página dedicada a él. Todos los esfuerzos de formación en la fe deberían estar acompañados de un mensaje de prevención y cuidado de la salud. Ciertamente necesitamos un currículo renovado.

Todas las revistas y periódicos católicos deberían dedicar una sección visible a la campaña. Podemos comenzar ciclos regulares de conversación en los medios de comunicación social. Quienes escriben blogs católicos pudiesen jugar un papel muy importante. Las universidades y colegios católicos pueden integrar estos puntos en la experiencia del salón de clase, sus proyectos investigativos y otras prácticas educacionales.

Aprovechemos el potencial de la televisión católica. Teniendo en cuenta los muchos millones de personas a las que llega, me gustaría ver a la cadena EWTN a la vanguardia de esta campaña. La idea es que todos los días se escuche el mensaje. Cada ciclo de comerciales debiese tener uno relacionado con la campaña. Podemos hacer lo mismo a través de la radio católica.

Este es un momento perfecto para salvar vidas. Hagamos historia en la manera que respondemos a los desafíos de esta pandemia como comunidad católica.

—Dr. Ospino, autor de esta columna, es profesor de Teología y Educación Religiosa en Boston College.