Hay muchas virtudes humanas, pero hay cuatro de las cuales dependen todas las demás: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Damos comienzo a nuestras reflexiones cuaresmales con estas virtudes, que son llamadas “cardinales” (o “fundamentales”), porque desempeñan un papel realmente crucial en nuestro carácter.

En la antigüedad, la prudencia era considerada la primera de las virtudes y se le comparaba con el mecanismo de dirección que hace que un barco se mantenga dentro de su curso.

Recordaremos seguramente esa historia que narró Jesús acerca de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas. Se les indicó a las vírgenes que salieran al encuentro del novio. Las insensatas lo hicieron así, pero sin llevar aceite para sus lámparas. No estaban preparadas y tuvieron que regresar para conseguir más aceite. Mientras estaban lejos, el novio finalmente llegó y ellas no estuvieron ahí para recibirlo.

Esta parábola nos da una enseñanza sobre la prudencia. Es necesario que comprendamos el objetivo de nuestra vida y que nos aseguremos de estar ordenando nuestra vida de tal manera que podamos alcanzar ese objetivo.

Santo Tomás de Aquino definió la prudencia como la “regla recta de la acción”.

Nuestro fin no es el de vivir con base en nuestros apetitos o sentimientos. Dios espera que vivamos basándonos en la razón y que la prudencia dirija nuestros pensamientos y acciones de acuerdo con la razón y siempre a la luz de nuestra dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen.

La prudencia implica conocer tanto la verdad como la realidad, pero no como nos las propone la sociedad secular. San Pablo nos alertó sobre lo que él llamaba la “sabiduría de este mundo”.

Esto todavía se aplica actualmente. Nuestra sociedad secular enseña una sabiduría mundana que define la realidad según términos terrenales, materiales, que no hacen referencia a los valores espirituales, a Dios o a los propósitos que Él tiene para nuestra vida.

La persona prudente puede ver con precisión la realidad y puede actuar en consecuencia, con la comprensión de que nuestra verdadera naturaleza es espiritual y que existe más en la vida que nuestras necesidades inmediatas.

Jesús nos enseñó a buscar primero su reino, antes que inquietarnos por las preocupaciones terrenales acerca de qué comeremos o con qué nos vestiremos. Él nos dijo que acumuláramos tesoros en el cielo, no que buscáramos reunir tesoros en la tierra.

Su sabiduría va en contra de la sabiduría del mundo. La prudencia nos ayuda a resistir la tentación de pensar del modo que piensa el mundo.

Si queremos llegar al cielo, tenemos que vivir de una manera que nos lleve allí. Como Jesús lo dijo, ningún rey que desee construir una torre o pelear una batalla empieza sin un plan o sin haber hecho cálculos en vistas al resultado.

Nosotros también tenemos que hacer evaluaciones y juicios. Debemos hacer ciertas cosas y de evitar hacer otras. Y para eso necesitamos la prudencia.

La prudencia conlleva el pensar y analizar las situaciones, hacer juicios acerca del curso de acción más adecuado y luego, determinar la mejor manera de llevarlo a cabo de una manera que sea consistente con nuestros propósitos como hijos de Dios.

Como sucede con los deportes, con la música o con cualquier otro arte u oficio, en el caso de la virtud, también la práctica hace al maestro. Se requiere de disciplina y esfuerzo, pero cuanto más lo hacemos, más se convierte en una segunda naturaleza nuestra, en una parte de lo que somos.

Entonces, ¿cómo practicamos y crecemos en la prudencia?

Primero, necesitamos reflexionar frecuentemente sobre el propósito de nuestra vida, que es llegar a ser santos, pareciéndonos más y más a Jesús, y hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Para esto, es útil leer con frecuencia el Sermón de la Montaña. Este es el plan para la vida cristiana y nos recuerda nuestro llamado a ser santos como Dios es santo.

Tenemos que acostumbrarnos a evaluar todo a la luz de nuestro objetivo. Algunas sencillas reflexiones y preguntas pueden ayudarnos a crecer en la prudencia: ¿Qué es lo correcto? ¿Qué es lo más acorde con mi identidad como hijo de Dios creado para amarlo y para amar a mi prójimo como a mí mismo? ¿Qué quiere Dios en este momento?

Tenemos que desarrollar también el hábito de pensar antes de actuar y no de responder simplemente cuando las cosas suceden. Debemos tomar el tiempo de pensar en las posibles implicaciones y resultados de las diferentes formas de actuar.

Pero no debemos confundir la prudencia con el miedo, con la excesiva precaución o con la inacción. La prudencia requiere que nos mantengamos firmes en lo que los santos llaman “el deber del momento”. Y la prudencia frecuentemente nos hará audaces y atrevidos porque la prudencia nos muestra lo que es correcto y cómo lograrlo.