Hoffsman Ospino
Hoffsman Ospino

¿Cuánto tiempo más? ¿Hasta cuándo? Estas son preguntas muy normales que los cristianos nos hacemos durante el Adviento al reflexionar sobre la última venida de nuestro Señor Jesucristo. Desde lo más profundo de nuestro corazón proclamamos, "Maranatha"; ven, Señor Jesús.

Al aguardar con esperanza vigilante, nuestras vidas siguen su curso en el aquí y el ahora de la historia. Hemos de cuidar de nuestras familias, estudiar, trabajar, pagar nuestras deudas y asegurarnos de que todo el mundo viva de la mejor manera posible. Esto también implica preocuparnos por el bien de los demás.

Cuando escuchamos las preguntas "¿Cuánto tiempo más? ¿Hasta cuándo?" de labios de los millones de inmigrantes en nuestra nación que anhelan afirmación, buscan regularizar su estatus migratorio, esperan reunirse con sus seres queridos o superar obstáculos para florecer en su búsqueda del sueño americano, necesitamos hacer un alto en el camino.

Esto es precisamente a lo que se nos invita en el Adviento: a hacer un alto en el camino. Paramos en medio de las prisas de la vida para escuchar y reflexionar. Paramos para meditar sobre la manera como vivimos en relación con Dios y los demás.

Al hacer un alto en el camino en este Adviento, reflexiono de manera particular en la vida de los cerca de 45 millones de inmigrantes viviendo en nuestro país, aproximadamente 13.7% de toda la población estadounidense: mujeres y hombres, mamás y papás, hermanas y hermanos, vecinos que viven entre nosotros y celebran su fe junto con nosotros en nuestros templos.

Al hablar de inmigrantes hemos también de tener en cuenta a sus esposas y esposos, hijos e hijas, familiares, amigos y compañeros de trabajo. Sus vidas están profundamente entretejidas con las nuestras.

Quiero agradecer al Centro de Estudios Migratorios (Center for Migration Studies) en Nueva York por su dedicación y compromiso proveyendo datos investigativos que nos ayudan a entender mejor la realidad de todos los inmigrantes en los Estados Unidos y el resto del mundo.

El centro fue establecido por los padres scalabrinianos y avanza su misión con un espíritu profundamente católico.

Al estudiar una de las bases de datos que ofrece el centro, observamos que hacia el año 2019 el número de inmigrantes indocumentados viviendo en el país era de casi 11 millones. Aproximadamente un 75% vienen de América Latina y el Caribe, por lo cual podemos asumir con cierta confianza que la mayoría son católicos.

Cerca del 58% han vivido en este país más de 10 años; el 23.3% más de 20 años. Un 26% llegó a este país antes de los 16 años.

Aproximadamente el 60% terminaron estudios de secundaria, un 33% tiene algo de educación universitaria y el 18.3% completaron un título universitario de pregrado o postgrado. Alrededor del 78.3% son mayores de 25 años.

Girar nuestra atención hacia este sector específico de la población inmigrante es fundamental porque entre ellos se encuentran algunas de las personas más vulnerables en esta sociedad. Las tasas de pobreza en este grupo son altas. Cerca de la mitad no tienen seguro de salud.

¿Cuánto tiempo más y hasta cuándo nuestros hermanos y hermanas inmigrantes, especialmente aquellos cuyo estatus migratorio es irregular, tendrán que vivir en las sombras de nuestros sistemas legales y socioeconómicos?

Antes de que a alguien se le ocurra decir que estas personas "deberían regresar a sus tierras", por favor leamos las estadísticas citadas anteriormente: ¡Este país -- los Estados Unidos de América -- es su tierra! Ellas son parte de quienes somos.

Entre muchas otras, necesitamos urgentemente reformas migratorias verdaderas que conduzcan a la regularización del estatus migratorio para quienes lo necesitan, caminos hacia la ciudadanía para los inmigrantes jóvenes protegidos actualmente por el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), un sistema más eficiente para reunificar familias y la suspensión la encarcelación arbitraria de inmigrantes que buscan una mejor vida.

Ya se acerca un nuevo ciclo electoral y los sectores más polarizados de nuestra sociedad ya parecen estar preparados para usar una vez más las vidas de los inmigrantes y refugiados como pelota de fútbol para avanzar sus intereses particulares.

Los católicos tenemos que resistirnos a ser parte de ese juego macabro y denunciar tales prácticas. No podemos ser parte de dicha injusticia.

Como católicos tenemos que estar al frente de un movimiento que exija una reforma migratoria seria. Escuchemos la voz del papa Francisco quien nos invita incesantemente a recibir a Jesucristo en el inmigrante y el refugiado.

Haz un alto en el camino este Adviento y piensa en qué puedes hacer para abogar por la comunidad inmigrante.

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Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.