Hosffman Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.
Hosffman Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.

El Papa Francisco invitó a todos los católicos a enfocarnos este año en San José, patrono de la Iglesia Católica. Es una invitación que vale la pena.

¡Siempre me ha fascinado lo mucho que los cristianos hemos dicho a través de los siglos sobre alguien cuyas palabras no están consignadas en documento alguno!

Nuestra imaginación católica es bastante creativa.

Leyendo algunos libros y artículos sobre San José, he llegado a dos conclusiones.

Por un lado, no podemos asumir que el silencio de las Escrituras sobre las palabras de José significa que no haya dicho algo.

Al meditar sobre las pocas escenas en las que la Biblia menciona a José, estoy seguro que dijo muchas cosas en sus oraciones, en sus interacciones con su amada María y en su discernimiento sobre cómo construirían una vida juntos.

José tuvo que decir mucho cuando buscaba con ansias un lugar para hospedarse en un momento en el que su esposa estaba a punto de dar a luz, cuando tuvo que huir a Egipto para proteger a su familia y en las interacciones diarias en su hogar mientras criaban al niño Jesús.

Por otro lado, la mayoría de lo que conocemos y podemos inferir sobre José viene de lo que se deduce de sus relaciones con María y Jesús, y sus acciones hacia ellos.

En mi propia reflexión sobre San José, trato de no idealizarlo a tal punto en que no me pueda relacionar con él para nada.

Hay muchas reflexiones sobre San José, todas escritas con las mejores intenciones, las cuales tienden a minimizar su dimensión humana.

Proyectar a José como un ser cuasi-angélico o un ser humano cuasi-perfecto nos roba la inspiración.

Sus relaciones y acciones revelan a un hombre enamorado de su esposa y de su hijo, decidido a hacer cualquier cosa para que estén bien.

La vida viene con toda clase de desafíos, y José tuvo que enfrentar un buen número de ellos en los pocos pasajes bíblicos en los que aparece.

En particular me llaman la atención los eventos asociados con la huida a Egipto (Mateo 2:13-23).

Allí José, esposo y padre, se convierte en un inmigrante, un refugiado. Desde mi experiencia de inmigrante, y como alguien que acompaña a inmigrantes frecuentemente como parte de su ministerio, la historia tiene una conexión personal.

En su carta apostólica Patris Corde, Con Corazón de Padre, (8 de diciembre del 2020), el Papa Francisco de manera sabia nos invita a reflexionar sobre este momento en la vida de San José, quien arriesga todo para proteger lo que más ama, su familia:

"La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre.

A este respecto, creo que san José sea realmente un santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria." (n. 5).

Al contemplar las vidas de varios hombres inmigrantes que son parte de mi vida, esposos y padres de familia, incrementa mi apreciación por San José, y lo que pudo haber dicho.  

San José tuvo que decir adiós a familiares y amigos.

Se tuvo que haber preocupado sobre cómo iba a sostener a su familia.

Seguramente aprendió algunas palabras para sobrevivir en el idioma de la nueva tierra en donde ahora se encontraba.

Es muy posible que pasó noches de desvelo pensando en la seguridad de su familia en una sociedad que les considerada como forasteros.

Estoy seguro de que San José oró como inmigrante en voz alta y en silencio.

Tuvo que haber llorado mientras expresaba sus frustraciones.

Me lo puedo imaginar tratando de explicar un sinnúmero de veces lo que decía y hacía; bendiciendo y maldiciendo; defendiendo y justificando.

¿Cómo lo sé? Porque yo lo he hecho. Porque he visto a muchos esposos y padres de familia inmigrantes haciendo lo mismo.

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Hosffman Ospino es profesor de teología y educación religiosa en Boston College.