Queridos lectores:

Llegamos al fin de este año, un año marcado por una crisis sanitaria sin precedentes, una época en que la pandemia de Covid-19 nos forzó a oprimir el botón de ‘pausa’.

Esta interrupción involuntaria a la idea de inmediatez y el desenfrenado ritmo de nuestras vidas ha brindado un nuevo espacio; temible para algunos, liberador para otros. Contra nuestra voluntad, hemos estado entre la expectativa, la fe y la esperanza.

Tal vez nos sintamos agotados mentalmente, desafiados todo el tiempo, pero vale la pena preguntarnos ¿cómo cerrar este 2020 y recibir el 2021?

Las cuatro semanas de Adviento con las que anticipamos la Navidad llegaron en medio de esta época mezclada de impaciencia y miedo. Casi un año después de que se prendieron las alarmas con el surgimiento de la pandemia del nuevo coronavirus la comunidad científica sigue presentando descubrimientos intrigantes sobre su origen y evolución.

Llevamos tapabocas a todas partes, practicamos el distanciamiento físico de seis pies recomendado, algunos trabajamos desde casa, no nos damos la paz en misa ni somos efusivos como es costumbre en nuestra cultura, nos lavamos las manos, desinfectamos nuestros espacios y vivimos el presente.

Aunque la llegada de las vacunas ofrece un escenario esperanzador, la pandemia del virus continúa, el tiempo corre y pone a prueba a la humanidad y en este panorama plagado de dudas e incertidumbre y ante la amenaza real que nos enfrenta al riesgo de contagio de una enfermedad de la cual tenemos más preguntas que respuestas, asola el miedo.

Sabemos que el miedo es la reacción más natural ante una situación que amenaza nuestra existencia o integridad física y/o psicológica. Es la forma en que nuestro organismo se prepara para lo que se denomina reacción de “lucha o huida” y desencadena diferentes reacciones en el cuerpo.

El miedo tiene un gran impacto en nuestro comportamiento y los psicólogos lo definen como una emoción fundamental para la supervivencia. Sin miedo es probable que nuestros antepasados, ni las especies animales hubiesen subsistido dada la incontable cantidad de peligros ante los cuales estamos expuestos en el mundo. Por lo tanto, podemos interpretar el miedo como una reacción de adaptación para sobrevivir al virus.

El problema surge cuando la reacción de “lucha o huida”, no se activa justificadamente o de modo apropiado y permitimos que nos afecte interiormente.

Los expertos nos invitan a aceptar la incertidumbre ya que en la medida que la aceptemos mejoramos nuestra vida.

Esa aceptación nos permite conocer la fortaleza interna que tenemos, es decir, confiar en que somos capaces de enfrentar las situaciones que se nos presentan.

El arzobispo Sample nos invita a estar despiertos a la presencia del Señor y mantener las prácticas espirituales del Adviento durante todo el año.

Es una invitación a disponer nuestro corazón para estar atentos, poner la mirada en Dios y creer que sus promesas son una realidad en nosotros, en la fe, en la esperanza y en el amor.

Este es el mejor regalo para cerrar este año y recibir el que comienza; que Dios nos proporcione en este tiempo la gracia de sentir que su presencia nos acompaña, nos guía, nos sostiene, nos anima a continuar y sentir en lo profundo su amor que todo lo transforma; esa esperanza que nos da para sostenernos pacientes y guiar nuestro camino con las cargas físicas, mentales, espirituales, emocionales y financieras derivadas de este tiempo de crisis.

El apóstol Pablo nos recuerda en 2 Corintios 1.8 cuando escribe acerca de uno de los momentos más difíciles de su vida: “Fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte”.

Cuando el apóstol estaba en su punto más bajo “el Padre de misericordia y Dios de toda consolación” estuvo a su lado para fortalecerlo y darle consuelo en medio de la aflicción, de la misma manera, en este momento Dios está con nosotros.

¡Dios los bendiga!